Marchó Buenos Aires ‘por el verdadero espÃritu olÃmpico y la dignidad humana’

Tras un acto en el obelisco en el que discursaron el Representante en Argentina de la Coalición para Investigar la Persecución a Falun Gong, Martín Bermúdez; el diputado Nacional Fernando Iglesias; la Directora del INADI, María José Lubertino; el vocero de Misión de Paz (por el Tibet) y la presidenta de la Asociación Civil de Estudio de Falun Dafa, Liwei Fu, cerca de doscientos activistas marcharon del obelisco hasta la Casa Rosada.
Encabezando las filas estaban una “diosa griega” y el múltiple campeón argentino de maratón, Juan Pablo Juárez, ambos llevando antorchas flameantes en pos del respeto por los derechos humanos en China.
“¿Por qué vino?”, le preguntó un periodista a Hugo Arana. “Vengo por mí” respondió el famoso actor, quien dijo estar “apoyando a los practicantes de Falun Dafa”, brutalmente perseguidos en China. En la visión de Arana, “esto no es una simple contramarcha”.
Cientos de espectadores a ambos de la avenida diagonal norte y gente desde los balcones aplaudieron el paso de la caravana, que avanzaba al son del armónico ‘Himno de la Antorcha de los Derechos Humanos’.

La marcha, extraña para las típicas de Buenos Aires, caminaba sin gritos, imponiendo su mensaje por su rectitud y serenidad. La solemnidad del himno envolvía y contagiaba a los espectadores. “¡Libertad!” reclamaba el tenor, con firmeza. Hablando por todos los presentes y encarnado a los hombres y mujeres rectos del mundo, el canto apuntaba a la dictadura comunista china: “detengan el horror, corten las cadenas; el mundo libre despierta y es la voz de los sin voz”.
Al llegar a la Casa del Gobierno de la Ciudad, la diosa griega y el atleta argentino permanecieron derechos frente al portón por cerca de cuatro minutos, ofreciéndole a la jefatura porteña una de las antorchas de los derechos humanos. Con este gesto, los activistas proponían asumir la responsabilidad que conlleva la carta olímpica y condenar, en consecuencia, los abusos a los derechos humanos básicos que comete actualmente el régimen comunista chino, “contradictoriamente anfitrión de las próximas Olimpiadas”, según afirmaban muchos de ellos.

La caravana siguió adelante hasta enfrentar la Casa Rosada, el punto cúlmine, donde, con un gesto parecido, ofreció su antorcha a la Presidenta de la Nación.
Junto con los ofrecimientos de las antorchas, una pregunta, entonces, quedó en la atmósfera de los preparativos, en Argentina, para estos Juegos Olímpicos enrarecidos por los crímenes contra la humanidad cometidos por el régimen del país anfitrión. ¿Asumirán, pues, las autoridades argentinas, la responsabilidad de abogar por los derechos humanos básicos, aquella responsabilidad requerida por la Carta Olímpica y evidenciada por esta ‘Marcha por el verdadero espíritu olímpico y la dignidad humana’?

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